Encuesta sobre abuso psicopático y narcisista

Tenemos el resultado de una primera encuesta que organizamos en nuestra página de Facebook, por cierto, muy general, sobre abuso psicopático y narcisista. Contestaron 780 personas, algunos prefirieron no contestar todas las preguntas. La primera pregunta era para conocer quién fue la persona abusiva en tu vida a la que una abrumadora mayoría respondió: pareja (77,5%), seguido por progenitor/a o familiar (13%), amigo/a (6%) y colega o jefe (3,5%). No preguntamos si se daban combinaciones del tipo pareja y jefe o colega, eso hubiera sido importante. Asimismo, estos resultados no significan que psicópatas y narcisistas abusan más de sus parejas que de otras personas, de hecho, los hijos frutos de la relación claramente sufren, de estos números solo podemos inferir que quienes leen esta página son adultos que han padecido abuso en relaciones de parejas. La segunda pregunta apuntaba a saber cómo te diste cuenta del abuso, y, lamentamos decir que los resultados no nos asombran, la mayoría se enteró por internet (58,8%), seguido por un terapeuta o médico (21,6%), persona amiga (12,5%) y, por último, muy atrás, los medios masivos con solo un 6,9%. Es claro que los medios no tienen interés en informar sobre el tema. La tercera pregunta (¿Cuánto tiempo tardaste en darte cuenta de la relación abusiva que vivías?) arrojó resultados algo más parejos, pero el grueso estuvo en la franja de uno a cinco años (36,2%), también hubo muchas personas que marcaron más de 10 años aclarando que fueron más de 30. La cuarta pregunta era sobre la recuperación, un 40,9% siente que todavía está en proceso de recuperarse, y un 22% siente que todavía no lo ha logrado. Es muy importante mencionar que, en esta pregunta, los hijos de psicópatas y narcisistas aclararon que el estrés postraumático lo llevan de por vida. La pregunta número cinco indagaba sobre el contacto o el no contacto con la persona abusiva. Una gran proporción de respuestas aseguran que tienen contacto cero, del tipo absoluto (45,1%) y absoluto con ocasionales intentos de contacto desde la otra parte (21,2%), el contacto mínimo representa un 17,5% y quienes mantienen contacto son un 15%. Estas cifras son interesantes de ver ya que tienen relación con la pregunta anterior, si todavía hay contacto, es mucho más compleja la recuperación. Finalmente, la pregunta número seis era si ahora te dabas cuenta que había más personas con esas características a tu alrededor, las respuestas fueron abrumadoramente afirmativas con un 51,6% de “sí, varias personas”, y un 33,5% de “sí, pero pocas personas”.

Esta encuesta pretende ser solo un comienzo para cuantificar lo que nos sucedió, en la medida que el abuso se vea como números contundentes, podremos lograr que este tema obtenga la atención que se merece por parte del estado, los centros de salud, las escuelas, las empresas, etc. Al pie de la página te dejamos los gráficos. ¿Y tú qué opinas de estos resultados? ¿Son lo que más o menos suponías? ¿Son distintos? Gracias por tu ayuda.

 

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¿Es realmente triangulación? ¿Es abuso?

Muchas personas nos preguntan: ¿cómo me doy cuenta que me están triangulando? Puede parecer extraño, pero no lo es. Las víctimas que todavía no logran ver en la nube de abuso que están viviendo, ya no saben qué es realidad y qué es ficción. Veamos entonces algunas características de este mecanismo de tortura psicológica:

• La triangulación no significa necesariamente infidelidad y no ocurre solo en relaciones románticas. Esta técnica también la emplean los progenitores psicópatas con sus hijos cuando eligen a uno como preferido para compararlo constantemente con los demás así los más “rebeldes”, quienes ven con más claridad la dinámica perversa familiar, deseosos de volver a tener el “cariño” de su padre o madre (después de todo son niños y necesitan de ese vínculo), se amoldan y se someten. También nos triangulan jefes cuando van variando las alianzas con sus empleados para que todos compitan contra todos, o los políticos cuando instalan temas controvertidos adrede para dividir a la población, así, mientras los ciudadanos se pelean entre sí, los políticos en cuestión se dedican a actividades de su interés que “deben” pasar desapercibidas.

• La triangulación es manifiesta. ¿Qué quiere decir esto? En las relaciones románticas, una persona que no cree en la monogamia, te lo dice desde el comienzo, y tú decides si te interesa ese tipo de relación. Si, por el contrario, una persona cree en la monogamia, pero por equis motivos te fue infiel, sabiendo que eso te devastaría tratará desesperadamente de que no te enteres. Pues bien, un/a psicópata quiere que te enteres en forma parcial, para luego negártelo. Suelen dejar abierto el chat para que tú leas una conversación subida de tono, e inmediatamente te dirá, en tono dulce, que son bromas de colegas; o se va a Paris por trabajo, cena a solas con un/a cliente atractivo, y por supuesto te lo cuenta, no por honestidad, ya que si no pasara nada con ese/a cliente no tendría por qué contarte, y tú jamás te habrías enterado porque estaba muy lejos. ¿Qué pasa entonces? Te desesperas, le preguntas qué paso, te dice, sin mucha seguridad, que no pasó nada, pero recalca que es una persona encantadora, no entiendes si lo que escuchas es “sí” o es “no”, te angustias, te acusa de estar haciendo una escena, te reprocha que siempre desconfías, tú terminas pidiéndole perdón. Ha conseguido una victoria más.

• La triangulación logra que quienes son triangulados (tú, y las otras partes también) se esfuercen en dar lo mejor de sí a la/el psicópata. Si eres empleado, crees que el verdadero enemigo es tu colega, y tu colega piensa lo mismo de ti. Compiten para entregar el mejor proyecto, y cuando lo hacen, el/la psicópata toma las mejores ideas de ambos, arma su propio proyecto, y se queda con el crédito, y ni pienses en denunciarlo, ya que ha reclutado a nuevos triangulados, que no creerán tu versión de los hechos. Si eres su pareja, vives entre fantasmas de otras personas, que no estás imaginando, están, siempre están. Los/as psicópatas siempre tienen plan B/C/D…Z, y son más que planes, son hechos. Obviamente, en ese estado de duda constante, tu salud se deteriora, pierdes tu autoestima, y vives para complacer a tu pareja tratando de volver a la etapa del bombardeo amoroso. Si eres su hijo/a, querrás demostrarle que vales, que eres inteligente, que eres buena persona, porque toda tu vida te comparó con alguien más, muchas veces tu hermano/a, lo cual no solo es doloroso, sino que hace más difícil que puedan unir fuerzas contra tu progenitor/a.

Resumiendo, que una vez tu pareja te diga que se cruzó en la calle con alguien de su pasado, o que tu madre ocasionalmente te compare con tu prima diciéndote que ella aprendió a tejer y que tú podrías hacer lo mismo, no implican triangulación, son comentarios inoportunos, en especial si no son recurrentes. La triangulación es constante, deliberada y expuesta, pero finge ser ingenua, busca que muerdas la carnada, sufras, y si reaccionas con celos aún mejor, así el/la psicópata comienza a fabricar una imagen tuya de “posesivo/a” con la que te calumniará cuando te descarte. Si sospechas que te están triangulando, no actúes, no entres en el juego, solo observa, y dedícate a planear tu salida de esa relación, esa familia, ese grupo de amigos o ese trabajo. LA TRIANGULACIÓN ES ABUSO.

El refuerzo intermitente en las relaciones con psicópatas y narcisistas

¿Te sorprendió con una escapada de fin de semana después de varios días de castigo del silencio? ¿Te contó algo triste que le sucedió tras semanas de desvalorización? ¿Te dio un regalo costoso después de una rabieta explosiva o mostró preocupación tras horas de críticas? ¿Qué tienen todas estas acciones en común? En el contexto de una relación abusiva, son demostraciones de refuerzo intermitente, una táctica de manipulación peligrosa que se utiliza para mantener a la víctima pendiente de la aprobación y el “cariño” de la persona abusiva.

En 1956 psicólogo B.F. Skinner descubrió que el comportamiento de los mamíferos se veía influido por recompensas o castigos, pero que existía una forma específica de otorgar recompensas que podía hacer que esa conducta persistiera en el tiempo: el refuerzo intermitente, un programa de recompensas que no son previsibles, sino azarosas. Descubrió que las ratas de su laboratorio presionaban una palanca con alimento de manera más constante cuando no sabían si vendría el alimento como premio. En términos más simples, cuando sabemos que nos espera una recompensa luego de llevar a cabo una determinada acción, tendemos a trabajar menos duro por ella. Sin embargo, cuando el momento de la recompensa o la certeza de que lo obtendremos es impredecible, tendemos a repetir ese comportamiento con más entusiasmo, con la esperanza de obtener un buen resultado final. Este mismo fenómeno se observa claramente en el comportamiento en los jugadores compulsivos de todo tipo de juegos (tragamonedas, videojuegos) y es el mismo principio que aplican Facebook o Twitter, cuando no siempre muestran nuestras publicaciones, y de esa manera, al no obtener los “likes” de tus amigos de forma previsible, te mantienes subiendo material, lo cual es el negocio de estas empresas. El refuerzo intermitente también lo aplican hombres y mujeres de negocios como forma de mantener en ascuas a sus empleados para que rindan más. Lo que estas empresas y empresarios saben es que nuestro cuerpo libera mucha más dopamina cuando la recompensa es impredecible que cuando es segura. La dopamina es un neurotransmisor que además de intervenir en las funciones motoras de nuestro organismo, también nos da placer, de hecho, su falta, puede traer como consecuencia depresión y ansiedad, entre otros problemas de salud.En una relación con un narcisista o psicópata integrado el refuerzo intermitente, esta liberación masiva de dopamina, se alterna con castigos como el silencio, el desprecio, las críticas, la triangulación y el gaslighting (o luz de gas). Estos castigos hacen que tu cuerpo produzca adrenalina, noradrenalina y cortisol, las sustancias involucradas en la respuesta cuando estás en peligro y bajo estrés que si bien son necesarias cuando tienes que lidiar con una amenaza real, cuando permanecen en tu cuerpo por mucho tiempo, como cuando sufres abuso prolongado, no solo te hacen sentir emocionalmente cada vez peor sino que tu cuerpo comienza a tener todo tipo de síntomas de otras afecciones, por lo tanto, tu cerebro comienza a necesitar con desesperación la dopamina que el refuerzo intermitente de esa persona abusiva te da, en un intento de sobrevivir. Esta alternancia de ciclos de luna de miel y maltrato explica el por qué trabajamos más duro para mantener esa relación: deseamos desesperadamente volver a la fase de idealización que la persona abusadora nos procuró al comienzo de la relación para aliviar el mismo malestar que nos produce en la fase de devaluación.
Asimismo, los actos esporádicos de amabilidad de la persona abusiva no solo nos suben la dopamina, sino que nos hacen desconfiar de nuestros propios instintos acerca de la verdadera cara siniestra que muestran durante los momentos de maltrato. Al dar afecto, lástima o aliento de vez en cuando, ese comportamiento positivo esporádico se amplifica ante los ojos de sus víctimas que vuelven a confiar, y a tener esperanzas de que la persona abusiva pueda cambiar. Sin embargo, para todos los especialistas en el tema, está claro que éstas son estratagemas para seguir abusando, no son signos de redención. Estos períodos intermitentes de bondad están integrados en el ciclo de abuso como una forma manipular a las víctimas (hijos, cónyuges, empleados) para que permanezcan como suministro de sus caprichos. Recuerda que las personas abusivas pueden dañarte deliberadamente para luego venir a tu rescate y quedar como héroes o heroínas ante el mundo.

Por último, el refuerzo intermitente se usa para fortalecer lo que se conoce como vínculo traumático, un vínculo creado por la experiencia emocional intensa de la víctima que lucha por sobrevivir buscando erróneamente la validación del abusador. Los vínculos por trauma mantienen a las víctimas atadas a sus abusadores incluso durante actos de violencia psicológica o física, porque la víctima está disminuida, aislada y programada para confiar en el abusador a través del refuerzo intermitente, del lavado de cerebro y la luz de gas. Las víctimas fueron condicionadas a buscar en esas personas abusivas la medicina para el veneno que les inocularon sin que lo detectaran.

Para romper el vínculo traumático, es esencial que la víctima de abuso busque apoyo y obtenga un espacio seguro lejos de la persona abusiva, ya sea con contacto cero o con contacto mínimo en los casos en que existan hijos en común o un trabajo que momentáneamente no se pueda abandonar. La forma más poderosa de curarse de la incertidumbre creada a partir del refuerzo intermitente es comprender de una vez por todas que estamos tratando con una persona narcisista o psicópata, y que todavía hay mucho desconocimiento sobre el tema. Los sobrevivientes necesitan trabajar con un profesional que sepa sobre vínculos traumáticos con personalidades abusivas, que los ayude fehacientemente a reconocer el abuso, que les dé permiso para sentir la ira y la indignación que callaron por años, que les ayude a canalizar estas emociones tan fuertes, y que les recuerden que deben permanecer lejos de quienes gozaron con su abuso.

Autores: ShivaShakti

Señales que tu cuerpo da cuando te encuentras con un psicópata o narcisista

Nuestros cuerpos son maravillosos, nos avisan en forma de síntomas, corazonadas y sensaciones que estamos en presencia de predadores de nuestra propia especie. Lamentablemente, no prestamos atención a esos indicios porque, si bien nuestras estructuras cerebrales evolutivamente más antiguas ya se han dado cuenta de que estamos en peligro, las áreas del cerebro más recientes, las que nos distinguen como especie, esas que controlan el pensamiento racional, terminan descartando esas señales de alarma al desconocer que existen los desórdenes de personalidad tipo B. Para cuando logramos integrar la información que reciben nuestros sentidos en una totalidad racional ya fuimos victimas del abuso narcisista o psicopático. Aquí te dejamos una lista de esos síntomas y sensaciones que deberíamos conocer:

  • Cuando estás con esa persona te sientes en las nubes, casi como en un estado de irrealidad, pero cuando se va sientes una ansiedad fuera de lo común que no sabes a qué atribuirla.
  • Te parece que todo lo que dice está desfasado, no logras captar una mentira obvia, sin embargo todo parece inauténtico. Te culpas luego por “pensar mal de esa persona”.
  • Si eres su hijo/a sientes culpa y tristeza todo el tiempo que no asocias a la conducta de tu progenitor/a. Realmente crees que el problema lo tienes tú, te esfuerzas en superarlo tratando de ser cada vez más agradable y complaciente no solo con tus padres sino con el mundo entero.
  • Comienzas a tener insomnio o sueños desagradables. Tratas de desestimarlo, después de todo es el estrés de la vida moderna.
  • No tienes el mismo poder de concentración que antes, te olvidas de hacer cosas, tus pensamientos giran en torno de esa persona y en las dudas que te genera. Tratas de encontrar “soluciones” lógicas a esos “pequeños problemas de comunicación”.
  • Si eres su colega te sientes halagado y abrumado por igual por la admiración que este mentor demuestra por ti. Te asusta la cantidad de cosas que te pregunta sobre tu vida, pero lo tomas como interés. Te preocupa que no cuente demasiado sobre sus cosas, pero te convences de que lo hace por discreción. Te parece extraño que critique a otro compañero al que siempre tuviste en alta estima, pero consideras que es bueno “escuchar ambas campanas” antes de decidir.
  • Sufres más alergias, migrañas, alteraciones hormonales que de costumbre.
  • Cuando te cuenta todas las cosas tristes que le pasaron en su vida sientes empatía, aunque también la extraña sensación que está disfrutando de lo que cuenta.
  • Hay momentos en que tienes la impresión de que te escucha con cuidado, no tanto por interés o deseo, sino porque eres su objeto de estudio.
  • A medida que pasa el tiempo te encuentras hablando contigo mismo sobre cosas que no te cierran. Tienes síntomas incipientes de depresión o ataques de pánico. Te indican terapia o medicación. En ambos casos, el/la psicópata, sea tu familiar o tu pareja, fingirá entenderte aunque sutilmente refuerce la idea de que estas incapacitada/o.
  • Tu autoestima está en su punto más bajo. Llegas a pensar que tal vez tu pareja/padre/colega tiene razón: algo está mal contigo, después de todo te distraes, tu aspecto está algo descuidado, te confundes y te equivocas mucho. No obstante, una pequeña voz en tu interior te dice que esto es nuevo, que nunca te había sucedido, que es muy extraño.
  • A pesar de la supuesta vida sexual intensa que tienes con tu pareja, comienzas a experimentar disfunciones varias, lo atribuyes a que desde hace un tiempo te sientes menos atractivo/a, jamás se te ocurriría pensar que tu cuerpo se ha declarado en huelga porque ya sabe que no debería estar allí.
  • Tienes “sexo preventivo”, es decir que lo haces no de gusto, sino porque si bien tu pareja te jura fidelidad, percibes que si no haces el amor frecuentemente, buscará la atención de otras personas.
  • Tienes ganas de llorar “sin ningún motivo”. Estos llantos se agravan cuando tu pareja/progenitor/colega deja de hablarte porque se ofendió; y a pesar de que te da náuseas no entender que hiciste para que te den el “tratamiento del silencio”, eres tú quien pide disculpas para no seguir viviendo en tensión permanente en casa o en la oficina.
  • Te pescas alguna ETS leve, le preguntas a tu médico si el contagio pudo haber sido en la piscina del club.
  • Las actitudes de esa persona cuando cree que nadie lo mira te generan sospechas.
  • Mucho de lo que dice parece tener otro sentido más tenebroso: “quiero estar siempre en tu cabeza”, “no te convengo, en el fondo soy un chico malo”, “tengo una especial debilidad por mi hija menor”. Piensas que haz enloquecido porque ves malas intenciones sin tener otra evidencia más que el tono y las muecas que usa cuando te deja entrever sus pensamientos.
  • Hay momentos en que tienes escalofríos cuando te mira intensamente. Sus ojos no tienen matices.
  • Pierdes el apetito o por el contrario, comes todo el tiempo.
  • Tienes síntomas de adicción, sabes que algo de esa persona no te hace bien, te duele, pero cuando estás en soledad, el dolor y la ansiedad que experimentas son tan excesivos que volver a estar con esa persona parece ser la única cosa que te calma y alivia. Este patrón se vuelve cíclico.
  • Cada vez que estás con esta persona tienes un primer subidón de energía para luego quedar en cero. Tu vitalidad ya no es la misma que tenías antes de conocer a esta persona.
  • Algo en el fondo de tu cerebro te dice que ese colega no es de confiar, que tu pareja esconde un secreto sórdido, que tu padre o madre desea tu mal. Te castigas por sentir eso ya que todas esas personas, en algún momento, te hicieron sentir especial.

Éstas son solo algunos de los indicios que sentimos “en carne propia” mientras tenemos revoloteando sobre nuestras vidas a alguno de estos vampiros emocionales. Confía en las señales que tu cuerpo te da, escucha lo que te dice, que no te importe parecer “egoísta” si te alejas, no escuches las mentiras que dirá de ti cuando pierda el control sobre tu alma, no creas en sus lágrimas de cocodrilo. Aléjate y sanarás; aléjate y conocerás la felicidad.

Cómo identificar a los psicópatas cotidianos por el Dr. Marietán

Transcribimos acá un reportaje al Dr. Marietán de Argentina. Aclaramos nuevamente que en este blog cuestionamos el término “complementario” que el Doctor utiliza para referirse a las víctimas porque muchas personas lo malinterpretan al presumir que la víctima es en gran parte culpable del abuso. En el resto del mundo científico se habla de personas que debido al lavado de cerebro del psicópata padecen síndrome de Estocolmo doméstico. Verán también que en el reportaje, Marietán asegura que la psicopatía es una forma de ser, no un trauma ni una enfermedad. En esto queremos ser cautos ya que la ciencia ha probado que no es una enfermedad de la que no son conscientes como así también que en muchos casos no hay traumas que expliquen su comportamiento pero sí han descubierto que a diferencia de las personas que no padecen este desorden, los psicópatas tienen una amigdala cerebral mucho más pequeña. Curiosamente las personas que se encuentran en el polo opuesto, los altruistas, tienen una amígdala mucho más grande que el común de la población. Habiendo aclarado esto les dejamos un reportaje sin desperdicios y muy esclarecedor.

¿A qué llamamos psicópata o psicópata cotidiano?

Un psicópata es una persona. Hago un alto acá. Porque varios de los damnificados por la relación con un psicópata no lo llaman “persona”, ni mucho menos. Por lo general se refieren a él como “el gran h de p”.No vamos hablar acá del psicópata exacerbado: el asesino serial, el violador secuencial ni el perverso intenso. Sino que hablamos del que he llamado “el psicópata cotidiano”: el que ejerce su psicopatía en la pareja, en la familia, en el lugar de trabajo, en el club. Aquel que muestran sus rasgos psicopáticos y no son señalados como asociales.

Pero, subjetividades aparte, es una persona. Con mayor precisión diremos que es una forma especial de personalidad. Una manera de ser en el mundo que se distingue del grueso de la población. ¿Por qué característica? Por tener necesidades especiales y cosificar a las otras personas.

Es propio de la naturaleza de los seres vivos tener necesidades: necesitar de lo externo para sobrevivir (nutrientes, resguardo, reproducción, y demás). Pero las necesidades comunes son consensuadas y comprensibles. Es decir, la inmensa mayoría las comparten: necesidad de alimento (y un modo de hacerlo), necesidad de los otros (por seguridad, por debilidad individual), y otras. Estas necesidades las entendemos (intelecto) y las comprendemos (empatía y vivencias similares). Son necesidades típicas, comunes.

Entonces, ¿qué sería una necesidad atípica? Preferir como alimento la carne humana (canibalismo) en un espacio y tiempo culturalmente inaceptado. La exacerbación del poder. Ejercitar el sexo (sexuar) con infantes o sin el consentimiento de la otra persona (violación), por poner sólo algunos ejemplos.

¿Y la cosificación?

Es quitarle la jerarquía, el valor de persona del otro y tratarla como una “cosa”, como algo que se usa y se tira, como algo sobre el que se permiten maniobras y manipulaciones que serían indignas en una persona.Sobre una cosa se puede hacer cualquier acción sin el displacer interno (culpa) por las consecuencias de esas acciones. Es un tipo de impunidad interior que tiene el psicópata. Un juez benevolente que prioriza las necesidades del propio psicópata por sobre las consecuencias negativas sobre las otras personas. “El fin justifica los medios”, anuncia este juez maquiavélico.

Y ésta es una de las claves para acercarnos, al menos un poco, a entender intelectualmente cómo funcionan estas personas especiales: tú, el que está con el psicópata, no eres tratado como un igual a él, sino como algo inferior, desechable, indigno, como una cosa.Grandes son los lamentos de los complementarios (los que conviven con psicópatas) al darse cuenta de que no son tratados como personas, ni como mujeres, ni, a veces, como meras hembras, sino que llegan a ser “casi nada” para el psicópata que ve en ellas solo la utilidad para sus fines y sus objetivos transitorios.

¿Cuántos son?

Está, más o menos, calculado, siendo optimistas, que los psicópatas son el 3% de la población. Sobre una base, en Argentina, de 40 millones, serían unos 900 mil.

¿Todos varones?

No. De esos 900 mil, la relación es de 3 hombres a 1 mujer. O sea que contamos con unas 300 mil psicópatas.

Rasgos

1) Los psicópatas trabajan siempre para sí mismos.

A veces fingen ser altruistas, generosos, desprendidos. No confundirse: están invirtiendo, en algún momento sacarán el jugo a esas relaciones y a esas dádivas. Hemos tenido las experiencias de políticos esforzados “por la patria”, “por la recuperación del ser nacional”, “por la patria grande”, “por los desposeídos”, todos objetivos muy gregarios pero, hilando fino, sólo estaban trabajando por cumplimentar sus necesidades especiales.

2) El psicópata no realiza acciones psicopáticas en el 100 % de sus conductas.

Esto confunde mucho a los comunes que creen que un psicópata deber mostrarse constantemente en conductas atípicas o asociales. No. Al contrario. La mayoría de esas conductas son adaptadas y sólo en un pequeño porcentaje se muestra como psicópatas y no con cualquiera sino que…

3) El psicópata muestra su psicopatía con el complementario (el que convive con él), con otro psicópata (cuando se asocian para lograr un objetivo —bandas de delincuentes, partidos políticos, empresarios—), y actúa sobre personas comunes (cuando las viola, las asalta, las estafa, etc.).

4) Es de difícil identificación

Por lo general, pasan desapercibidos. Algunos son gentiles, amables, tienen el “don de gente”, son seductores, hasta fascinantes (los hay también muy desagradables). Y ejercen su psicopatía solapadamente en ámbitos separados de sus lugares habituales.

5) Suelen ser bifrontes

Cual dios Juno, presentan dos caras: una frente a los complementarios y a su familia, y otra frente al resto de la sociedad. Suelen ser tiránicos, déspotas, agrios, callados con su familia y sociables, agradables y solícitos frente el resto de las personas. De tal forma que los “amigos” externos a la familia, no dan crédito cuando un complementario o un hijo de psicópata les cuenta cómo es el comportamiento dentro de la familia del psicópata.

6) Convencen

Suelen ser carismáticos y seductores. Convencen a los demás, a veces francamente los fascinan para que sigan sus proyectos o sus intereses. Las herramientas que usan son: una perspicacia especial para captar las necesidades y debilidades del otro, la capacidad de “expandir” la libertad en el reprimido, la mentira (son verdaderos artistas de la mentira), la coerción, la actuación (son actores natos).

7) Minan la autoestima del otro

Trabajan cual escultor tallando todos los valores del complementario hasta eliminar, muy de a poco, todos los valores que lo sustentan como persona (la dignidad), hasta convertirlo en un ser dependiente y demandante de los caprichos del psicópata (un esclavo).Esto es un “proceso”, nada agudo ni torpe. Se hace con lija fina, pero constante y sin pausa. Y la mayoría de la veces el complementario no es consciente de la profundidad de su deterioro como persona. Ante la alarma general de su familia de origen, de sus amigos, que le ponen sobre aviso del desastre, el complementario hace caso omiso de las advertencias y sigue obnubilado tras el mandato del psicópata quien, a sabiendas de esto, lo que hace es llevarlo a un…

8.) Aislamiento

El psicópata aísla al complementario y a toda su familia. Toda persona que puede interferir en su poder interno es descalificado, menospreciada (sutilmente, desde luego) hasta que el complementario “se da cuenta” de que esa persona es negativa para él. Así se va quedando sin amigos, primero, luego sin relación con los hermanos ni con sus padres, y su único sostén es… el psicópata.

9) Uso y abuso

Llegado a este punto, el complementario ya está preparada para el uso y abuso por parte del psicópata quien, ahora sí, muestra su cara más desagradable y tiránica, pero ya no tiene a nadie que lo pueda confrontar.

10) Un largo sueño

La relación psicópata–complementario hunde su anclaje en lo irracional. Nada lógico puede explicar esta unión. Sin embargo, es muy sólida y reincidente. La persona sometida a un psicópata parece sumida en un largo sueño, un vaho de irrealidad nubla todo lo relacionado con lo negativo de la relación. Aquí los argumentos de los ajenos al circuito psicopático chocan con una barrera incomprensible, puesta por el mismo complementario que se queja, pero daría su vida por seguir con el psicópata.

¿Cuándo un terapeuta puede incidir terapéuticamente sobre la psicopatía un psicópata?

Nunca.

¿Cómo tan categórico?

Muy sencillo. La psicopatía es una manera de ser. No es una enfermedad. Ni siquiera es algo adquirido por malos tratos infantiles, es decir, no es algo aprendido. Es así. La historia de este tema muestra ejemplos de todo tipo de terapias, y el resultado es el mismo. Siguen siendo lo que son.

¿Pueden modificar su conducta?

Sí, si eso los va a beneficiar en algo. Por ejemplo, si han cometido un delito y fueron encarcelados pueden actuar de “presos modelos” porque saben que eso les reduce la pena un 30 %. Pueden asistir a terapia porque el complementario, cuando es huésped y el psicópata es parásito, le exige que lo haga. En fin, cuando le conviene.

¿Cuándo el terapeuta puede asesorar al que funciona como complementario?

 

Cuando el complementario se agotó en la relación (el efecto del psicópata sobre el complementario es como el de un vampiro energético: chupa las ganas, el ánimo del complementario quien suele parecer un “anémico” por lo desgastado). Cuando el psicópata lo deja por otro. Pero, nada se puede hacer cuando el circuito psicopático está vigoroso y el complementario duerme el sueño de los esclavos.

Contacto cero, contacto mínimo y síndrome de Estocolmo doméstico

El abuso narcisista o psicopático comienza con una etapa de bombardeo amoroso y de idealización de la persona elegida como suministro. Una vez que esta persona se enamora, o en el caso de un amigo, le brinda la incondicionalidad al psicópata, comienza un abuso lento y encubierto. En este proceso abusivo el sociópata utiliza recursos como: lavado de cerebro, invalidación de los dichos o logros del otro, gaslighting, amenazas veladas, triangulación con otras personas, aislación de la víctima de su entorno sano y una dinámica de alternancia entre maltrato (sutil o más obvio) y algo de la ilusión de la etapa de la luna de miel. La persona entra en un espiral de confusión, dolor, disociación y pérdida de valor como así también, si no se reacciona a tiempo al abuso, se puede dar lo que se llama una vinculación por trauma un fenómeno tan similar al Síndrome de Estocolmo que se lo denomina Síndrome de Estocolmo doméstico (busca la entrada del 2014 en este blog). Tal es así que podríamos tomar algunos de los consejos que se dan a aquellos que viven en zonas de conflicto para evitar la vinculación por trauma si terminan secuestrados. Cuando un activista que lucha contra una dictadura genocida cae preso ilegalmente sabe que: 1) aunque le saquen todo recuerdo de su familia o amigos debe mantener diálogos mentales con ellos para no sentir la aislación, 2) cuando los secuestradores alternen entre “secuestrador bueno” y “secuestrador malo” (en el caso de un narcisista o un psicópata ambos conviven en él/ella solo que aparecen alternadamente durante en la etapa de idealización y en la de devaluación) no debe bajo ningún concepto abrirse con el “amable”, llegando incluso a negarse a tener contacto visual con él; y 3) cuando les traten de lavar el cerebro con cosas como que sus compañeros lo traicionaron, no deben creerles sabiendo que es otra táctica para quebrarlos. De esta manera logran sostenerse enteros hasta que logren escapar o sean rescatados. Esto último es estadístico: los que se mantienen enteros y fieles a si mismos tienen más posibilidades de salir con vida del cautiverio.

Lamentablemente, desconocíamos que estas personas existían entre nosotros, considerábamos que este tipo de personaje manipulador y despiadado podía encontrarse en las altas esferas de la política o del delito pero no en la oficina, el club o en tu vecindario. Mucho menos estábamos al tanto de técnicas para no ser quebrados psicológicamente o emocionalmente. ¿Entonces como nos libramos definitivamente del abuso? ¿Cómo rompemos la vinculación por trauma? ¿Cómo aplacamos la disonancia cognitiva?
Primero que nada, aprendiendo sobre el tema. Si fuimos descartados brutalmente, si los abandonamos para mantener nuestra salud física y mental o si todavía estamos con esa persona debemos leer, buscar asesoramiento profesional y reunirnos con otros sobrevivientes para poder armar una estructura de defensa y recibir la validación de lo que nos sucedió. Aun luego de la ruptura, el psicópata tratará de negar todo el abuso que padecimos con la mentira y la calumnia. La validación de otros sobrevivientes y de los especialistas nos ayudará a sobrellevar los primeros momentos de la desvinculación con el sociópata.
Segundo, necesitamos no tener contacto alguno con nuestra ex pareja, amigo o colega. En las primeras etapas de la recuperación nuestros pensamientos todavía están dominados por la narrativa psicopática y los recuerdos de la etapa “alegre” en que nos imitaban en espejo se confunden con las desvalorizaciones y manipulaciones del final. Si permitimos que nos sigan confundiendo con argumentos falaces y tocando nuestros puntos débiles para que reaccionemos corremos riesgos de volver a ser captados por ellos. En paralelo, habrán comenzado a inventar mentiras sobre nosotros y, salvo que sean injurias que puedan poner en peligro tu trabajo o la tenencia de tus hijos, es mejor no contestar. Si algunas personas en común te traen rumores, evalúa si no es conveniente pedirle a esa persona que se abstenga de comentar cualquier cosa que involucra al maltratador/a. Además, es un hecho de manual que se exhibirán con una nueva persona a la que le demostrarán su “amor” desmedidamente para que nos castiguemos con pensamientos del tipo “tal vez él/ella tenía razón, yo era muy sensible y demandante, el problema era yo”. Esto que sigue debería ser un mantra: el problema no somos nosotros, el problema son ellos; no es una de nuestras ocurrencias, es un hecho científico. De más está decir, entonces, que el contacto cero incluye no solo el contacto físico sino también las redes sociales, el teléfono y las personas intermediarias. En algunos casos este contacto cero debe judicializarse a través de órdenes de restricción cuando hay riesgo de violencia física o acoso de cualquier tipo.
Sabemos que el “contacto cero” que acabamos de describir no siempre es factible. Muchos tenemos hijos en común con el/la narcisista; o son nuestros colegas y no podemos o queremos dejar nuestro puesto de trabajo por el momento; o son nuestra madre o padre y no concebimos la idea de irnos para siempre (aunque en algunos casos muy graves hay que hacerlo sin mirar atrás por más que sean nuestros progenitores). En muchos casos como estos no queda otra opción que un contacto mínimo. El contacto mínimo consiste en ver al abusador o abusadora lo justo y necesario, de ser posible con otras personas de nuestra confianza alrededor. Si son nuestros niños los que tienen que ver al sociópata, un especialista en familia deberá evaluar si las visitas deben ser supervisadas o no. Si el abuso se da en el ámbito laboral todo contacto o conversación debe ser con testigos o por escrito y si se llega a una demanda, es necesario dejar la mayor parte del contacto cara a cara en manos de abogados o representantes legales. Al contacto mínimo se le agregan algunas de las estrategias que ya hemos descrito en otro post de este blog conocidas como “método de piedra gris”. Ya que los narcisistas y psicópatas se aburren mortalmente de su vacío emocional suelen crear drama y conflicto para tener algún tipo de sensación. Con ese fin, triangulan a las personas, mienten, y tocan nuestros puntos débiles que tan bien estudiaron en el comienzo de la relación cuando “querían saber todo de nosotros porque nos encontraban fascinantes”. Obviamente están buscando que lloremos, reprochemos, nos angustiemos. Pues bien, si te muestras tan reactivo como un fósil del pleistoceno se aburrirán y buscarán acción dramática en otro lado. Muchos sobrevivientes nos dicen, con total acierto, que hay algunos psicópatas que se ponen muy violentos cuando sus suministros no reaccionan porque sienten que se les presta atención, la peor herida imaginable para un narcisista. Aun así te recomendamos no reaccionar, ya que si le acusas de mal comportamiento no le importará y terminarás revelando cosas que le pueden servir para lastimarte, por ejemplo si le dices “ya no te necesito, tengo otro empleo” ten por seguro que tratará de difamarte con tus nuevos compañeros. Con respecto a la violencia, si ésta escala, no tendrás otro camino que pedir una orden de restricción y llegar al contacto cero forzado.
Con el contacto cero o el contacto mínimo ya tienes medio camino de recuperación hecho. El resto de la ruta tendrá momentos de mejorías y de retrocesos, momentos en que creerás que has olvidado o perdonado y otros en los que la rabia será tu compañera. Tendrás personas que te comprenderán, otras que no tanto y algunas que serán seducidas por el narcisista para criticarte. Tendrás que compensar todo ese estrés con actividades placenteras y significativas. Será necesario también que busques ayuda en los momentos agobiantes o de dudas: psicólogos, médicos, abogados, clérigos, amigos, etc. Pero recuerda que todo esto último no tendrá éxito si ves a quien te dañó con cierta asiduidad. Sabemos que no quieres volver a estar preso/a de un captor mental y que quieres ser el/la feliz propietario/a de tu vida: mantiene el contacto cero o el contacto mínimo.

Cyber abuso: psicópatas y narcisistas en red

El abuso psicopático y narcisista lamentablemente ha llegado a la red. Se trata de una cultura que abraza el placer sádico obtenido de la desgracia ajena. Cyber acoso, cyber bullying, trolling, suplantación de identidad, hombres que se hacen pasar por colegialas para enamorar niñas, mujeres que se hacen pasar por hombres para enamorar hasta la locura a otras mujeres (puede buscar en YouTube el especial de Dr. Phil con tres mujeres engañadas online por quien creían era el amor de su vida y terminó siendo una mujer psicópata que se burlaba de ellas), abusadores que enamoran a sus víctimas y les piden sexo virtual imágenes que registran y luego cuelgan en sitios de pornografía, o que les piden dinero para viajar a conocerlos. Todos producen el mismo daño, o incluso más, que en relaciones cara a cara. No olvides que al no poderlo ver, proyectas tus buenas cualidades en ellos y no logras ver ciertas señales físicas o verbales que podrían delatarlos.

Un estudio, realizado entre 412 usuarios de Amazon Mechanical Turk, puso de manifiesto que los tanto trolls como los acosadores estaban altamente relacionados con la psicopatía, el maquiavelismo y el sadismo, desórdenes que tienen en común experimentar el placer de la desgracia ajena.

Un segundo experimento confirmó los puntos anteriores con una salvedad. Mientras que el sadismo, la psicopatía o el maquiavelismo eran frecuentes entre los troll y los ciberacosadores, el narcisismo, el otro componente de la tétrada oscura, no era tan común. Por el contrario, éste abundaba entre aquellos que disfrutaban debatiendo en internet. En términos generales, las personas antisociales tienen a abusar de la tecnología puesto que esta les permite dar salida a sus pulsiones malvadas, así como conectar con otras persones similares. Como concluye el estudio, “los sádicos simplemente quieren pasárselo bien… ¡e Internet es su patio de recreo!”

(Reproducimos resumido y adaptado un magnífico artículo de Ángeles López para La Razón, que narra con detalle un grave caso de ciberacoso contra una mujer.)

El ciberacoso es un psicoterror lento, calculado y perfectamente dosificado por un depredador online dispuesto a convertir su PC, móvil o tablet en un campo de concentración. Al despertar cada mañana no sabe por dónde le puede caer la guadaña psíquica: podría ser un email intimidatorio, ver su foto –junto a su nombre, teléfono y dirección– asociados a páginas de prostitución, comprobar que su identidad ha sido suplantada en la Red o recibir decenas de llamadas y otros tantos SMS. Ha visto reducidas sus ofertas laborales «la gente recela de trabajar con alguien que puede ser problemática». «Al final el ‘‘calumnia, calumnia’’ de Molière, funciona», expresa conmocionada.

No en vano, J., el acosador, intenta cercar su vida emocional, social y laboral, falseando su identidad en Facebook, Twitter o Youtube para añadir a sus amigos, para saber de sus movimientos, e incluso se ha personado en su entorno laboral para difamarla ante sus compañeros tildándola de prostituta especializada en sexo oral… «Las amenazas y peticiones de perdón se suceden alternativamente en los distintos medios tecnológicos que poseo», refiere ella, la acosada, artista multidisciplinar, fotógrafa, bloguera y DJ de 28 años. Hasta que hace unas semanas el acoso dejó de ser virtual: en la acera y fachadas de su vivienda, se puede leer junto a un corazón graffiteado: «P. te amo».

«Tengo un pensamiento, como un ‘‘leiv motiv’’ recurrente: terminar con mi vida. No puedo más. Estoy sitiada, sin ofertas laborales porque se ha ocupado de dinamitármelas, sin ganas de salir de casa y en tratamiento psiquiátrico por estrés y ansiedad. Por no hablar de la abulia y el insomnio que padezco». El macabro ataque se ha redoblado cuando su acosador ha recibido una citación del juzgado para el mes próximo. Además, una de las tres denuncias se ha convertido en causa penal, a instancias del Ministerio Fiscal.

«Antes que ciberacosador, cualquier individuo que acomete tales prácticas es, simple y llanamente, acosador. Da igual si los motivos son ridiculizar a un estudiante (ciberbullying) o presionar a un adulto para mantener una relación: la focalización y obsesión, son idénticas, sólo que Internet se presenta como un caldo de cultivo más impune, aunque sólo teóricamente», aclara Iñaki Piñuel, profesor de la Universidad de Alcalá, psicólogo clínico y experto en acoso. No en vano, explica, el acosador persigue aterrorizar a la víctima y no pocos están persuadidos de que tienen una causa justa para asediarla pues merece ser castigada. Cada macabro canal de destrucción psicológica tiene su intrahistoria. El inicio de este tipo de «grandes enemistades» es tan antiguo y patológico como desoír un no por respuesta.

Una chica guapa de 28 conoce a un tipo que le supera en casi una década. Se toman una copa con amigos y él se lleva una negativa de ella para iniciar cualquier tipo de relación sentimental. Aunque en un primer momento se intercambiaron los teléfonos y se añadieron mutuamente a Facebook, tras un primer desencuentro, P. y sus amigos le expulsan de todos sus muros de las redes sociales. Pero su comportamiento fue de manual: falsas acusaciones para dañar su reputación, publicación de información falsa en sites –crea sus propios webs, páginas de redes sociales, blogs o fotologs para su propósito–, recopilación de información a través de amigos o compañeros de trabajo para conocer los movimientos de «su presa».

Sólo así saben el resultado de sus difamaciones; a menudo monitorizan las actividades de la víctima e intentan rastrear su dirección de IP en un intento de obtener más información sobre ésta o de que gente extraña se pueda adherir a su agresión. «El problema del acosador es que el obstáculo que les pone su víctima de no querer saber de ellos, aumenta su deseo. Cuánto más se quiere retirar ella, más se obsesiona él», resume el experto Iñaki Piñuel. «Incluso incurren en la falsa victimización y el acosador puede alegar que su presa le está acosando a él», matiza Sara Solano, directora del Gabinete Psicológico Ecubo. P. asiente al escucharlo: «Cuando se entera de que le he denunciado la primera vez, duplica sus esfuerzos: se hace pasar por mí en las redes (sociales), se pone en contacto con los diseñadores que me contrataban o con fotógrafos con los que he trabajado para decirles que soy adicta a las drogas, anoréxica o seropositiva, también que practico la zoofilia, que mantengo relaciones sexuales con mis propios padres… O me llama bajo falsas identidades para ofrecerme trabajos, hasta que me doy cuenta de que es él».

La omnipresencia y difusión instantánea de la Red provoca que el ciberacoso pueda llegar a ser tanto o más traumático que el físico: «Al levantarme, escribo mi nombre para ver qué se le ha ocurrido decir de mí: rastreo todos mis perfiles falsos para borrar todos los comentarios, sé que recibiré incesantemente llamadas o SMS, de amigos o de profesionales de mi medio, que terminan pensando que me he vuelto loca escribiéndoles salvajadas inimaginables, que por supuesto no he escrito. Provoca una vulnerabilidad total. Porque, a día de hoy, ni siquiera tengo una orden de alejamiento», explica P. Al ser una agresión no presencial, el ciberacosador no tiene contacto con la víctima, «no ve sus ojos, su dolor, con lo cual difícilmente podrá llegar a sentir empatía o tener compasión. Obtiene satisfacción en la elaboración del acto violento y al imaginar el daño ocasionado en el otro, ya que no puede vivirlo in situ», aclara la terapeuta Sara Solano. «El acosado –añade Piñuel– puede tener secuelas de por vida si no es tratado a tiempo».

Para según qué tipo de acoso, no hay por qué tener ninguna pericia técnica. «Hoy día cualquiera sabe crear una cuenta de correo. Basta con que sepa tu número de teléfono para que pueda poner un anuncio en una red de contactos y saturarte el teléfono ofreciendo sexo gratis en tu nombre. A menudo tiene que ver más con una cuestión de ingenio. Otra cosa muy distinta sería querer robar datos de tu ordenador o móvil para luego publicar información privada o fotografías tuyas en cualquier página web. En ese caso sí que se necesita algo más. Por lo general un ciberacosador no tiene por qué tener ningún conocimiento técnico avanzado», explica Juan Carlos Jiménez, Ingeniero Informático y Experto en Tecnologías de la Información.

«El final de mi mundo conocido». Así denomina la propia P. el momento en que le interpone una segunda denuncia –en febrero de este año– por coacción, amenazas, suplantación de identidad y daños morales. Tras rellenar un extenso formulario en comisaría, pidió abogado de oficio, ayuda psicológica y una orden de alejamiento. Nunca tuvo noticia de ninguna de las tres cosas. Pasados los meses, y al ver que no se la llamaba para juicio, intenta informarse «y me dicen que si no voy con un abogado y un procurador no pueden informarme sobre el proceso».

Y añade: «Contraté ambas figuras legales y nos enteramos de que en lugar de como “parte” acudiré al juicio el mes próximo, sólo como víctima y testigo».

Es decir, no está personada en la causa «porque no es parte, por lo que tampoco puede tener acceso a las copias del escrito de acusación ni saber el dossier de investigación que ha recabado la Policía», resume su abogado, quien prefiere mantenerse en el anonimato, por preservar la identidad de su defendida. «Pero el Ministerio Fiscal se está portando de maravilla porque ha pasado de ser considerada una posible falta a un posible delito».

Desde el momento en que J. –operario en paro que vive con sus padres– ha recibido la citación judicial se ha ocupado de redoblar esfuerzos «torturadores» por todos los medios tecnológicos conocidos. «¿Acaso quiere su momento de gloria?… ¿Te torturo porque eres mía?», resume P.

Rasgos propios de un trastorno narcisista de la personalidad y de un psicópata, según la suma de diversos autores. Hablamos de «un depredador moral» que plantea su relación con los demás como un juego mortal. Una partida de ajedrez en la que él mueve todas las piezas pero teniendo maniatado a su adversario.

«Acostumbran a acosar en serie, pero no en paralelo, lo que quiere decir que, por sus biografías, producirán esta conducta de forma permanente.. Primero una, luego otra, y otra –explica Iñaki Piñuel–, mientras, la víctima se siente indefensa o, en algunos casos, culpable, pero siempre sufre un aislamiento psíquico. No tienen por qué ser personas débiles psicológicamente, muy al contrario, puede ser que se enfrenten directamente a su acosador. Pero ellos siempre intentarán manipular el entorno para ponerlo de su parte».

Mientras el entorno tiende a trivializar la situación –«olvídalo», «no hagas caso»–, el individuo ejerce en un permanente gutta cavat lapidem su violencia sin huella. El fin no es destruir a su presa de forma rápida, sino someterla lentamente hasta dejarla paralizada y disfrutar del interín. Es como un crimen perfecto, porque la mayor parte de los casos no es el agresor quien mata, sino el agredido quien se quita la vida.

El suicidio es el mayor triunfo del acosador moral, lo sepa o no. «Pero conmigo no va a poder –sentencia P. con seguridad– ni me hará caer en la tentación de cometer un paso en falso como intentar comunicarme con él o infringirle yo algún tipo de daño o insulto».

Hasta acá la transcripción de un caso tremendo. Pero ¿Cómo puedes protegerte y proteger a tus hijos? No aceptes a quien no conozcas en tus redes sociales, no incluyas tu dirección o celular en las mismas, si tus hijos son menores de edad compra programas que limiten los sitios que visitan, adviérteles sobre manipuladores y acosadores, no subas fotos intimas o reveladoras de la zona en la que vives, si sospechas que alguien de tu familia pasa demasiado tiempo online y se lo ve demasiado triste o, por el contrario, sobre excitado, habla con él/ella. Guarda todos los documentos, dirección de IPs, denuncia el robo de identidad en todos los sitios y cancela todas tus cuentas si ya eres víctima de algún acosador. Contrata gente que pueda rastrear los correos y haz denuncias si el acoso no cede con un tiempo de no estar conectado/a. Si la víctima es menor de edad da curso legal en minoridad sin dilación. Lentamente los países están adaptando la legislación para proteger a las víctimas. No desesperes. No les des poder dejándote asustar.